
La tristeza es como la lluvia: cae, y el panorama se convierte en otro. Puedes fingirte impermeable y salir a la calle o a la vida, pero todo tendrá otro color.
Lo que más te apetece cuando llueve es quedarte dentro, en la seguridad que te dan tus espacios habituales y tus gestos repetidos. Sería tonto obligarte a hacer un picnic bajo la lluvia.
Cuando estás triste también deseas quedarte dentro. Dentro de ti misma, cobijada en tus espacios más íntimos, allá donde la lluvia triste no te moja.
Hay compañías para el sol y compañías para la lluvia.
Las compañías para el sol son más ruidosas y numerosas.
El escenario ideal para la lluvia es una casa acogedora, pocas personas muy cercanas y una cocina activa: el sanctasanctórum del día lluvioso, el taller mágico donde se repara el ánimo en olor de buñuelos.
El lugar de la tristeza también es recogido. Soledad y ventanas cerradas, tinieblas y una cierta obsesión por mirar caer la lluvia al otro lado del cristal.
De pequeña tuve un libro que se llamaba
Cómo divertirse en un día de lluvia. Era gordo y muy ilustrado, proponía cantidad de juegos y pasatiempos para hacer dentro de casa. No llegué a hacerlos todos, pero los que hice me encantaron y descubrí que muchos eran divertidos también bajo el sol.
Algún alma buena debería escribir
Cómo vivir en un día triste, pequeñas actividades que te hagan olvidar e incluso alegrar de que llueva. Que te demuestren que lo que cae es sólo lluvia, que lo de fuera sigue estando allí sólo que mojado, y que en algún momento se secará y podrás salir a caminar sin paraguas.
Aunque, probablemente, lo mejor sea no hacer nada. La lluvia para cuando tiene que parar, el Talmud habla de dejar que la pena se canse. En vez de cocina o juegos, siesta. La siesta de los días de lluvia, larga y profunda. De ésas que, cuando te levantas, estás confundida y no sabes qué momento del día es. Como si acabaras de nacer.
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