Escena habitual: domingo por la noche en el casco antiguo de Barcelona, grupo que charla en una esquina y señor paquistaní que se acerca a vender rosas.
Le decimos que no, tira, afloja, al final saca una y me la regala con una sonrisa. No sé si aceptarla, él insiste y se la agradezco ligeramente conmovida.
"Es un
porsicuela" me dice por lo bajo mi hijo.
El señor paquistaní saca otras dos rosas y le da una a cada una de las chicas que completan el grupo.
Nonó, gracias... no, que no queremos...
Él sigue sonriendo e insiste en que es un regalo.
Mi hijo le extiende unas monedas, él las cuenta y le devuelve una.
Ella sí y ella sí pero la mama no, la mama regalo.
Y se marcha mirando hacia atrás, sonriéndome como yo le sonrío.
Sé que es tarde y está de rebajas, que es un comerciante y además muy hábil, pero me vuelvo esponjosamente cursi y hago fiesta en mi corazón por tener el cabello blanco, la rosa roja y el rímel un pelín corrido.
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